En la pandemia, Cristo está cerca

En la pandemia, Cristo está cerca April 4, 2020

Varias veces escuché a mi papá decir: “Cuando vi al hombre dar un paso sobre la luna, supe que nada era imposible”. Mi papá tenía veintidós años en 1969, acababa de terminar sus estudios y estaba a punto de casarse con mi mamá. El progreso especialmente desde la revolución industrial ha definido la trayectoria de la humanidad. El enfoque principal de la tecnología y el progreso es el mejoramiento de la experiencia humana. En estos últimos cien años pienso que hemos sido testigos de más innovación tecnológica que durante toda la historia milenaria de la humanidad. Tan solo el arribo de teléfonos inteligentes durante nuestras vidas ha revolucionado la forma en que funcionamos como sociedad. Sin duda parece que nada es imposible.

De repente, sin embargo, la humanidad ha experimentado un shock sorprendente. El progreso tecnológico que hemos experimentado nos ha permitido ejercer un control total sobre nuestro entorno, pero ahora nos enfrentamos a una realidad más allá de nuestra capacidad de contención. ¿Cómo puede no haber vacuna o cura para el COVID-19? ¿Por qué los funcionarios de salud o los políticos no pueden ponerle fin? A pesar de nuestro progreso nos quedamos con una sensación de total impotencia ante un virus invisible que continúa extendiéndose por todo el mundo.

Hace muchos años leí el libro El Lexus y el Olivo donde el autor señaló que en un solo día visitó una planta de fabricación de carros Lexus y más tarde ese mismo día vio en televisión cómo la gente estaba peleándose por tierras ancestrales en el Medio Oriente – luchando por quién posee que olivo. La pandemia del coronavirus me hacer recordar el contraste que Thomas Friedman experimentó y describió en su libro. Vivimos en un mundo muy moderno que se esfuerza por resolver cada problema y controlar todo caos, pero nos hemos quedado casi impotentes ante un componente antiguo y elemental de nuestra existencia humana: la enfermedad. No importa cuán modernos y avanzados nos hayamos convertido como sociedad, la realidad a la que nos enfrentamos hoy es la misma que vivieron nuestros antepasados más antiguos. Qué rápido hemos olvidado colectivamente este componente de la experiencia humana.

Nuestra comprensión de la enfermedad y el avance médico nos dan una gran ventaja en comparación con nuestros antepasados, pero compartimos la misma vivencia. Estos tiempos de la pandemia del coronavirus no sólo nos hace crecer en solidaridad con todas las demás personas vivas hoy, sino también con todos los ya fallecidos. Nos vincula con los miles de millones de personas que han vivido antes que nosotros que han experimentado la misma incertidumbre. Al igual que nuestros antepasados, encontramos consuelo y fortaleza en nuestra fe en Jesucristo que nos acompaña en nuestro camino actual y nos recuerda: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien crea en mí, aunque muera, vivirá, y todos los que viven y creen en mí nunca morirán”. En nuestras preocupaciones, nuestras luchas y nuestra enfermedad, Dios envía a Su Hijo a morar entre nosotros. Aunque no podemos reunirnos todos los domingos como comunidad para recibir los sacramentos, sabemos que Jesús no sólo conoce nuestro dolor, sino que lo experimenta con nosotros. Cristo está cerca.

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