Chantaje divino

El libre albedrío en el mundo teísta

Cuando se enfrentan al problema del mal – es decir, por qué un Dios amoroso permite que el dolor y el sufrimiento existan – los teístas de las tradiciones Occidentales frecuentemente invocan la defensa del “libre albedrío”. Dios quiere que seamos verdaderamente libres y que dicha libertad necesita el mal; tenemos la opción de elegirlo o rechazarlo.

Sin embargo, este argumento por si solo no puede solucionar el problema del mal, en parte porque no puede explicar la existencia de los males naturales en vez de los males causados por los humanos (Ver “Todos los mundos posibles” para más detalles sobre este tema). Adicionalmente, uno puede argumentar que el comportamiento humano no es completamente libre. La manera en que una persona actúa y piensa esta innegablemente influenciada por su entorno y crianza – la personalidad es producto de la naturaleza y enseñanza, ningún ser humano esta completamente libre de influencias externas. Bien podría argumentarse que nuestra naturaleza es el producto del condicionamiento y circunstancias, a lo mejor puede ser que todo el comportamiento del ser humano sea determinista, aún y si todos los factores relevantes son demasiado numerosos y sutiles para cualquier observador externo que intente medirlos. (Aún así, yo no soy partidario de semejante visión extremista.)

Pero la objeción más importante es que, de acuerdo a las creencias de las religiones monoteístas, los humanos no son libres. Lo que afirman que es libertad en realidad es un engañó, un vacío, una decisión que no lo es en lo absoluto.

Imagínese que una noche un asaltante lo ataca en un corredor oscuro. El maneja la situación empuñando una pistola contra su espalda y le pide que le entregue su cartera y demás posesiones de valor que tenga. Con toda razón, la mayoría de las personas en esa situación se los darían. Ahora imagínese que el asaltante es atrapado por la policía y lo llevan a juicio. En su defensa, ¿Podría el decir esto legítimamente? “Yo no cometí ningún crimen; yo le ofrecí a mi victima una opción de darme o no la cartera. El actuó con toda su libre voluntad. El pudo haberse negado a darme sus cosas si así lo hubiera deseado.”

¿Acaso algún juez racional aceptaría dicha defensa? Claro que no, porque la afirmación del ladrón que uno actuó con su libre voluntad es falsa. Hay varias condiciones necesarias para que una decisión sea considerada genuinamente libre, una es que esa acción sea informada – el actor tomando la decisión debe conocer las opciones y las ramificaciones de cada una. Pero otra, aún más importante, es que la decisión no sea chantajeada o forzada. Si fuerza, presión o intimidación indebida es aplicada para guiarlo a una decisión en particular, entonces uno no está actuando libremente.

Este es el caso en el mundo monoteísta. De acuerdo a sus ponentes, Dios ha ofrecido una opción a los humanos: aceptarlo y adorarlo, o rechazarlo. La gente que decide alabarlo va ascender a los Cielos el día en que muera, donde van a recibir un premio infinito. La gente que decida rechazarlo va a condenarse en el Infierno, donde recibirán un castigo infinito.

Esta decisión no es libre – es el intento más grande y obvio de chantaje que uno pudiera imaginar. Una de nuestras dos opciones nos dará un tormento eterno; el otro no. Dios es como el asaltante en el callejón oscuro apuntándonos una pistola en nuestra espalda. Claro está, uno podría teóricamente rechazar la oferta de entregar su cartera (y probablemente le volarían la tapa de los sesos), si se fuera tan perverso y tan terco. Pero eso no significa que la decisión sea libre; el asaltante sigue sin poder argumentar que uno actuó de acuerdo a su libre voluntad. Se le dio una opción que no era opción en lo absoluto.

Una analogía más pertinente sería la protección de la Mafia. La humanidad es el encargado de la tienda, un viejo indefenso detrás de la caja registradora, mientras Dios es el mafioso en su gabardina larga y negra que nos hace la oferta que no podemos rechazar. “Seguro que esa es una linda alma que tienes ahí, sería una pena si algo llegara a tener un desafortunado accidente”

Exactamente igual que el gangster pidiendo dinero para proteger el negocio, el Dios de estas religiones nos ofrece una decisión forzada que los seguidores engañosamente presentan como si fuera una libre elección. Esto no es amor – esto es extorsión. Si le importamos tanto a Dios, ¿Entonces porque necesita chantajearnos para que lo alabemos con la amenaza de tortura eterna?

Algunos cristianos argumentan que esto no es chantaje; que Dios no manda a nadie al infierno, pero que de hecho quiere salvarnos de aquel destino, y que la gente que vive sus vidas desafiándolo a él y sus leyes eligen ir al infierno.

Pero este argumento contradice todo lo que el Cristianismo nos ha enseñado acerca del proceso de juicio. Cuando uno se muere y esta sentado en la silla de juicio, ¿Acaso nos encontramos con una puerta llena de un blanco esplendoroso y luces doradas, nubes volando serenamente en el fondo, el harmonioso sonido de un coro angelical y con una señal que dice “CIELO” encima de la puerta en la luz más clara y cálida, mientras que por el otro lado, tenemos una puerta llena de fuego y los gritos de los condenados con un letrero llamado “INFIERNO” en una luz roja neón, y Dios nos invita a elegir una de estas dos? Si este no es el caso, entonces la situación no es diferente que la banda mafiosa afirmando que, si uno no paga protección, el viejo esta “eligiendo” que su tienda sea quemada. O como alguien más mencionó en Usenet:

El que duda dice:

“Yo no podría seguir a Stalin. El pone a la gente en el Gulag.”

Esto es lo que se dicen aquellos que dudan  para racionalizar su rechazo a Stalin. La verdad es que Stalin no manda a nadie al Gulag. Son aquellos que han endurecido su corazón en contra de él quienes se mandan a ellos mismos al Gulag a través de sus actitudes burguesas y contrarrevolucionarias. Este no era el plan de Stalin. El realmente quiere que todos vayan al Paraiso del Obrero. Le duele que tanta gente endurezca sus corazones contra él. Pero en lo forzará a nadie al Paraiso de los Obreros en contra de su voluntad, el respeta el libre albedrío.

Así que si no quieres ir al Gulag, simplemente abre tu corazón al amor de Stalin. Y deja de resistirte.

La situación con el Cristianismo es exactamente análoga. Si Dios crea un lugar de tormento y sufrimiento, impone una serie arbitraria de reglas y ordena que aquellos que violan dichas leyes sean mandados a ese lugar, entonces el está forzando nuestro comportamiento. Racionalizaciones torcidas como “Bueno, ellos se lo estaban buscando” no cambian en lo absoluto estos hechos.

Además, en la Biblia esta escrito que la gente no “decide” ir al Infierno – ellos son enviados ahí por Dios. Por ejemplo, Mateo 13:41-42, dicho por Jesús:

“Enviará el Hijo del hombre sus ángeles y cogerán de su reino todos los escándalos, y los que hace iniquidad, Y los echarán en el horno de fuego: allí será el lloro y crujir de dientes”

O La segunda epístola a del apostol San Pablo a los Tesalonicenses 1:7-8:

“… el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, en llama de fuego, para dar el pago a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo…”

Ninguna de estas descripciones suenan a decisiones conscientes de parte de la gente condenada. Los ángeles “cogerán de su reino” a la gente que ofendieron y  “los echarán” en un horno de fuego. Jesús vendrá “en llama de fuego, para dar el pago….” Ambos textos suenan a que es una decisión consciente, directa por parte de Dios al mandar gente al tormento eterno en el Infierno, lo cual nos regresa a nuestro punto original: por el hecho de dictar leyes y amenazar a aquellos que se desvían con torturas, Dios nos ha mostrado que no valora nuestra libre voluntad, solamente la obediencia forzada. Nuestras decisiones no pueden ser libres en cualquier sentido si una eternidad e agonía y sufrimiento nos espera por hacer cualquier decisión excepto la “correcta.”

De manera similar, el argumento de que Dios nos desea “rescatar” del Infierno, que sus leyes fueron hechas no para satisfacer sus demandas arbitrarias pero para nuestra protección, es imposible de sustentar. El primer punto en contra, y el más obvio, es que Dios mismo creó el Infierno. No es un peligro más allá de su control ni es uno que no pueda protegernos de, pero un peligro que el deliberadamente creó y puso en nuestro camino. Además, ya que Dios es todopoderoso, no hay duda en lo absoluto que pueda evitar que la gente vaya al infierno si así lo desea. Nadie puede ir al Infierno si no es la voluntad de Dios que así sea. Finalmente, Dios es quien decreta exactamente qué acciones van a resultar en una condena perpetua y él es capaz de cambiar su mente acerca del tema,  como las anécdotas de cada una de las religiones occidentales lo demuestra. En el Judaísmo, Dios inicialmente ordenaba que se sacrificaran animales en su honor, pero después cambió la ley y dijo que la fe y la obediencia era todo lo necesario (Jeremías 7:22). De acuerdo al Cristianismo, Dios erigió todo el código el código de leyes mosaico, para después hacerlo a un lado y establecer que la fe en Jesús era el único requisito para su salvación.  Y en el Islam, Muhammed regateó con Dios de cincuenta a cinco rezos obligatorios, de acuerdo con lo escrito en el hadith. Por lo tanto, podemos ver que es la decisión de Dios, y más aún, la decisión arbitraria, lo que determina que actos harán que un alma gané una eternidad de torturas y sufrimiento en un lugar que él creó para ese propósito en específico. No estamos frente a una elección, sino con un chantaje – una demanda de hacer lo que le agrade a Dios, o ser castigados infinitamente.

Lo que constituiría una libre elección, y mucho más justa, sería que existieran dos vidas eternas, ambas igualmente agradables, pero una con la presencia de Dios y otra sin ella. Si este sería el caso, la gente podría decidir libremente seguir a Dios o no sin miedo a las repercusiones. ¿Por qué no es así?  ¿Por qué el Infierno es un lugar de sufrimiento y de tormentos?  ¿Por qué Dios necesita torturar a la gente que decidiera no alabarlo – porque no simplemente dejarlos seguir su propio camino? No hay persona amorosa que obligue a los otros a amarlos de vuelta. Ordenando la opción “correcta”, Dios nos ha mostrado que el realmente no aprecia nuestra libre elección en lo absoluto. Somos como ángeles – creaturas sin voluntad creadas únicamente para alabar a Dios, sin poder rebelarse en contra de él – solo que estamos en una situación todavía peor. Estamos exactamente igual de esclavizados, pero trabajamos bajo la falsa premisa de libertad mientras que ellos no tienen esas ilusiones engañosas.

Obviamente, el ateísmo nos ofrece un rayo de luz y esperanza a este tenebroso escenario. Si no hay dios, una perspectiva bien fundamentada por la evidencia y la lógica, no hay Infierno al que debamos temer, y el chantaje viene no de un ser divino, sino de una fuente muy humana y organizaciones religiosas terrenales que desean incrementar su poder secular intentando forzar a la gente a que se una. Podemos y debemos decir no a esto; hemos superado por mucho el tiempo en el que misioneros de este mundo dejen de ganar riquezas e influencias a través de amenazas imaginarias.

Para concluir, he notado que este tema del “chantaje divino” es un ejemplo más de cómo funciona la mentalidad compartida. Si un padre demandara a su hijo que lo amara o ser brutalmente golpeado, el o ella sería llevado a juicio bajo cargos de abuso de niños. El ratero y los miembros de la mafia serían encarcelados por extorsión. Stalin sería (al menos en un mundo ideal) juzgado por crímenes de guerra y genocidio. Sin embargo, cuando Dios hace exactamente lo mismo, solo que en una escala mucho más grande, porque no hay indignación? ¿Por qué nadie parece tener un problema con esto? La respuesta es, obviamente, es que mucha gente ha sido indoctrinada desde su nacimiento para creer que cuando se trata de Dios, todo lo que sabemos es inservible y un nuevo estándar se aplica. “Después de todo,” razonan, “Dios trabaja de maneras misteriosas, y no tenemos derecho a juzgarlo” – lo cual es, nuevamente, la posición defensiva en un intento vano de proteger aquello que es indefendible.