La angustia de los refugiados: ¿Creemos que somos inmunes al sufrimiento?

La angustia de los refugiados: ¿Creemos que somos inmunes al sufrimiento? August 9, 2016

Nota: Este artículo es parte de la Plaza Pública de Patheos, dedicada este mes al tema de inmigración y refugiados. Puede leer otros puntos de vista (en inglés) aquí.

Como católico mexicoamericano, creo que el preguntar si la llegada de los inmigrantes y refugiados representa una amenaza o una oportunidad es hacer una pregunta equivocada, pues su presencia no es un mero problema político, económico, cultural, o de seguridad nacional, por resolver.  Su presencia entre nosotros es, a fin de cuentas, una realidad que llama a la misericordia, no solo para su beneficio sino también para el nuestro.  En vez de hacer esas preguntas, muchos en nuestras comunidades hispanas se enfrentan ante otras más fundamentales, como por ejemplo, ¿cómo mantenemos la fe y la esperanza cuando tantos de nuestros líderes juegan con el debate de la reforma migratoria con fines meramente políticos?. He dado con algunas respuestas en dos lugares inesperados.

Hace algunos meses ayudé como voluntario en un centro de detenciones (en México le llamarían una estación migratoria). Mi labor consistía en ayudar a cubrir las necesidades religiosas de mamás centroamericanas que se encontraban detenidas junto a sus hijos menores de edad.  Algunas mamás se habían entregado a las autoridades migratorias, junto a sus hijos, al cruzar la frontera de Estados Unidos en busca de asilo.  Otras habían sido detenidas al interior del territorio.  En ambos casos intentaban huir de la violencia que atraviesan Guatemala, Honduras, y El Salvador a manos de pandillas criminales como la Mara. Si nuestro gobierno las deporta, muy probablemente perderán a sus hijos e hijas, pues las pandillas reclutan forzosamente y violan sexualmente a menores de edad y, eventualmente, toman sus vidas. A la hora de platicar y rezar, estas madres daban viva voz a su desesperación e impotencia, pues desconocían cuánto tiempo las mantendrá detenidas nuestro gobierno o si terminará por deportarlas. También daban voz al sufrimiento de ver a sus hijos e hijas, muchos de la edad de mis hijas (de cinco y siete años), crecer tras las rejas, como detenidos.

Esa y otras experiencias me han llevado a tomar consciencia de la oblación que muchos indocumentados y refugiados hacen con sus vidas. Me han ayudado a reconocer, con humildad, lo que Daniel Groody y muchos otros que cubren sus necesidades pastorales y las de sus familias ven: una íntima conexión entre la fracción del pan en la Eucaristía y la manera en que los inmigrantes soportan su quebranto por amor a los suyos. En las palabras de Groody,

[Los inmigrantes] toman la decisión de dejar su tierra, bendicen a Dios por el don de sus vidas y por sus familias (incluso ante tremendo sufrimiento), se parten a sí mismos para poder alimentar a quienes aman, y se entregan plenamente para alimentar a otros, incluso al punto de perder sus vidas. (Mi traducción.)

He visto ese amor encarnado en el centro de detenciones, en parroquias, en escuelas, y en muchas otras partes.  He visto a inmigrantes, incluyendo a niñas y niños, mujeres y hombres, que se ofrecen como sacrificio vivo, como hostia viva, no públicamente ante el altar de una parroquia sino íntimamente ante el altar de sus vidas (Lumen gentium, 10).

Para ser claro, mi intención no es la de justificar el sufrimiento de los inocentes y menos de verlo como algo romántico, especialmente en el caso de niños detenidos. Mi objetivo es el de dar testimonio de su fe, de su participación en el “único sacerdocio de Cristo […] en virtud de su sacerdocio regio” también conocido como el sacerdocio común de los bautizados (Lumen gentium, 10). Su oblación da fe viva del amor de Dios y lleva a preguntarme qué respuesta estamos dando aquellos de nosotros que también nos identificamos como discípulos de Jesucristo en este país.

En el caso de los católicos estadounidenses, nos hemos unido a otros católicos a lo largo y ancho el mundo para celebrar un jubileo de la misericordia que está ayudando a renovar el lenguaje de la misericordia en la esfera pública. Citando a Juan Pablo II, el papa Francisco subrayó que esa tarea es necesaria porque “[la] mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia” (Misericordiae vultus, 11).  Esa parece ser una descripción apta de la manera en que en Estados Unidos evitamos hablar de la misericordia en el contexto del debate de la reforma migratoria. También describe la tarea que enfrentan aquellos católicos que intentan tener esperanza cuando la situación que atraviesan los inmigrantes, refugiados, y sus familias es tan desesperanzadora. Entonces, ¿qué es la misericordia?.

Mass on the Border
Misa en la Frontera. Foto de la misa celebrada por el Cardenal Seán O’Malley de Boston y otros siete obispos en abril de 2014 en la frontera de Nogales, Arizona y Sonora, para conmemorar a los inmigrantes que han fallecido cruzando la frontera. En la imagen, católicos estadounidenses viendo hacia México desde su país, tras la reja. (Imagen de George Martell/The Pilot Media Group. Usada bajo licencia de Creative Commons. Fuente: Flickr en https://goo.gl/T2U4Bd.)

La misericordia, Santo Tomás de Aquino nos recuerda, es efecto de la caridad.  Y la caridad, un don de Dios, es a su vez el amor que compartimos con Dios y nuestro prójimo mediante la amistad con Dios.  Para Santo Tomás, sentimos misericordia hacia nuestros amigos cuando sufren, a tal punto que compartimos su sufrimiento en carne propia.  Ese sentimiento es, hasta cierto punto, el que Cristo encarnó hacia nosotros.  Sin embargo, cuando ahonda el significado de la misericordia, Santo Tomás hace una observación que debería hacer tambalear a los católicos estadounidenses junto a sus hermanos cristianos: tienden a sentir menos misericordia “quienes se creen felices y tan fuertes como para pensar que no pueden ser víctimas de mal alguno” (ST II-II, Q. 30, Art. 2). Un sentido falso de felicidad y poder quitan a esas personas la capacidad de relacionarse con quienes sufren, incluso cuando son sus amigos, porque creen que ellos nunca sufrirán necesidad alguna. Al leer la observación de Santo Tomás con el debate de la reforma migratoria en mente, me pregunto si nos creemos un país tan alegre y poderoso que pensamos, con toda certidumbre, que ni nosotros ni nuestros descendientes llegarán a necesitar de la misericordia y de la solidaridad de otro pueblo.

Sea o no ese el caso, para Santo Tomás la amistad con Dios nos abre no solamente a sentir misericordia hacia nuestros amigos como Jesucristo la sintió por nosotros.  La caridad también inspira beneficencia para terminar con su sufrimiento, como Jesucristo lo hizo por nosotros.  Algunos dirán que ni los inmigrantes ni los refugiados, especialmente aquellos que cruzan la frontera ilegalmente, son nuestros amigos. En cuanto a ese punto de vista, Santo Tomás reconoce que nos relacionamos al prójimo con distintos tipos de amistades – incluyendo de índole consanguíneo en la familia, civil entre conciudadanos, o espiritual entre fieles – y que cada tipo de amistad merece distintos beneficios.  Es así que todas y cada una de nuestras amistades, incluyendo aquellas que compartimos con los extranjeros que llegan a nuestras comunidades e irrumpen en nuestras vidas, merecen beneficios acordes al tiempo y lugar (ST II-II, Q. 31, Art. 3). Y es aquí donde Santo Tomás otra vez puede causar molestia a algunos católicos estadounidenses y sus hermanos cristianos al pensar que “[efectivamente], en algún caso, por ejemplo, en necesidad extrema, se debe atender al extraño antes incluso que al padre, que no la atraviesa tan grande” (ibid). Ese punto de vista, que sale de la tradición, tiene importantes implicaciones tanto para el debate de la reforma migratoria como para la decisión del gobierno de detener a mamás y niños centroamericanos que intentan escapar la violencia que sufren en casa.

Las voces de las mujeres y niños detenidos, junto a las observaciones que Santo Tomás hace al ahondar el significado de la misericordia y la beneficencia, apuntan a la influencia que la amistad que compartimos con Dios debería de tener en la manera en que vemos a los inmigrantes y refugiados en Estados Unidos. Es en ese sentido que, para mantener la esperanza ante un debate que se vuelve más agresivo aún, necesitamos prestar atención a la fe de la que muchos inmigrantes y refugiados dan testimonio — fe que compartimos — y encarnar una misericordia que sea eco de la del mismo Jesucristo.

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Si desea apoyar las necesidades pastorales de refugiados durante y después de su detención en la región de San Antonio, TX, por favor visite las páginas web de Catholic Charities San Antonio y la Interfaith Welcome Coalition.

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