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Una muerte no anunciada

Una muerte no anunciada January 29, 2021

La vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. “Quédate despierto, porque no sabes ni el día ni la hora”, dice Jesús después de compartir la parábola de las diez vírgenes. Si hay una constante en la vida, es la presencia constante del cambio. Recientemente celebré las misas dominicales en una parroquia en el sur de Georgia. Después de saludar a los parroquianos al concluir la Misa (a la distancia, por supuesto, y con una máscara), regresé a la sacristía para cambiarme. De repente, una señora ingresó apresurada y anunció que una señora había colapsado en el estacionamiento y no estaba consiente. Junto con el diácono salimos corriendo y encontramos lo que nos habían descrito. Después de unos minutos llegaron dos ambulancias con varios patrulleros. Treinta minutos más tarde la parroquiana fue declarada muerta en el hospital local.

Como sacerdote me consuela saber que esta mujer recibió el Cuerpo de Cristo minutos antes de partir de la tierra. Mi esperanza es que las palabras que prediqué le ayudaron en el momento inesperado de su muerte. En mi homilía invité a las parejas casadas a recordar el momento en que se conocieron por primera vez y a recordar cómo sus vidas fueron transformadas después de ese encuentro inicial. Desafié a los fieles a vivir cada día comprometidos con Jesucristo quien transforma con su gracia y poder. La señora había asistido a Misa con su esposo y otros miembros de su familia.

La muerte a menudo llega inesperada e inflige un cambio tremendo en las vidas de aquellos que aman al difunto. San Pablo escribió estas palabras que recalcan la predicación del profeta Oseas: “La muerte es devorada por la victoria. ¿Dónde, oh muerte, está tu victoria? ¿Dónde, oh muerte, está tu aguijón?” Sin embargo, como seres humanos que amamos y sentimos, el aguijón de la muerte atraviesa profundamente los rincones más recónditos de nuestro ser. La esperanza de la vida eterna es una virtud sobrenatural que Jesús imparte a los que creen: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” Jesús pregunta esto ante la muerte de su amigo Lázaro por quien lloró. Marta, la hermana de Lázaro, hace una fuerte profesión de fe al responder: “Sí, Señor. He llegado a creer que eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo”.

La realidad de la muerte es la consecuencia final del pecado, pero podemos alegrarnos que Jesucristo ha roto las cadenas del pecado y la muerte. La muerte será inevitable, y el cambio que trae puede ser difícil de aceptar, sin embargo, una oración del rito funerario expresa que para aquellos que mueren “la vida cambia, no termina. Cuando nuestro cuerpo terrenal yace en la muerte, obtenemos una morada eterna en el cielo”. La muerte es un cambio fácil de aceptar para el que fallece, pero difícil de asentir para los que permanecen vivos. Hemos recibido un nuevo nacimiento a una esperanza viva a través de la resurrección de Jesús de entre los muertos. San Pedro describe esta herencia como un “tesoro que no perece ni se echa a perder y que no se deshace con el tiempo”. El cambio desestabiliza. El cambio que trae la muerte trastorna los cimientos sobre los cuales edificamos nuestra vida. La esperanza en la resurrección sana y conforta porque demuestra que la muerte, sin importar que maligna sea, nunca tiene la última palabra.


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